Entre la leyenda y las prácticas

(o entre una cafetera y la otra)

Una

Esta fue, sin dudas, la cafetera más famosa del mundo. Desde 1993, más de dos millones de personas pudieron ver, muchí­simas veces al dí­a, cómo se llenaba lentamente. La cafetera del Centro de Datos de la Universidad de Cambridge no tení­a nada de especial, excepto el hecho de que la cámara que mostraba constantemente su imagen fue la primera webcam en la historia de Internet.

Fueron ocho años de servicio, antes de que fuera desconectada en 2001. Su historia quedará entre las curiosades (miles) que colorearon los primeros tramos del desarrollo de la Gran Red. Hartos de tener que bajar las escaleras para tomar café y encontrarse con que, en muchos casos la cafetera estaba vacía, a alguien del Centro de Datos se le ocurrió conectar una pequeña cámara de video a una computadora ubicada en la planta superior, con el fin de saber, antes de emprenderlo, si el viaje merecía la pena. Hasta que —dicen— alguien les avisó desde otro pabellón, que el café estaba listo.

La imagen se actualizaba al principio sólo tres veces por minuto, recuerda Quentin Stafford-Fraser, el científico que instaló la cámara original, pero era bastante, porque la cafetera se llenaba muy lentamente. Además, era en blanco y negro. Por razones obvias, también era suficiente.

En 1993, la cámara fue oficialmente conectada a Internet, convirtiéndose así­ en la primera webcam de la historia. Instantáneamente alcanzó un status de culto, gracias a los numerosos links que apuntaban a ella.

Eran otros tiempos, en los que la World Wide Web entera podí­a abarcarse en un puñado de enlaces, sin embargo marcó una impronta en la cultura de la visualidad que nos sobrevendrí­a.

La otra

Esta otra cafetera no es famosa. Sin embargo, la imagen que la muestra, es la encarnación paradigmática y actual de aquella cultura que anticipaba, apenas siete años antes, la cafetera de Cambridge, mostrándose al mundo por una cámara.

Entre una y otra podría pensarse que han pasado solamente siete años o que han pasado estos siete años, únicos e irrepetibles si se los piensa contextuados en el explosivo proceso de expansión de procedimientos y prácticas relacionados con el uso de Internet.

Esta foto es el resultado de la siguiente experiencia: Un grupo de bloggers nos encontrábamos trabajando, un domingo a la tarde, en una locación que la mayoría desconocía. Nos había sido facilitada por disponer de terminales y conectividad, para realizar una actividad en la Web que debí­a sincronizarse con otros nodos remotos. Alguien sugirió que se podía preparar mate. Predispuesto, uno de los asistentes (20 años) preguntó por la ubicación de la cocina y se dispuso a poner agua para calentar. Rápidamente regresó exhibiendo la foto y preguntando cuál de los recipientes podí­a usar para hacerlo.

Alguna vez escribí que la flecha del desarrollo tecnológico sugiere que el celular se asemeja cada vez más a la mano que puede empuñar el martillo. Hace unos dí­as apenas, presencié una escena similar en un comercio. Una muchacha preguntaba por un repuesto al vendedor y, para ilustrarlo, le mostraba la foto que habí­a tomado del mismo, con el celular.

Entre aquella casi incidental escena del que descubre una cámara remota apuntada a una cafetera (y prácticamente descubre la webcam), hasta este presente donde la imagen capturada por una cámara incorporada en un celular, reemplaza la práctica de manipulación de objetos por la de maipulación de las imágenes de los objetos; hay una indiscutible metabolización social de la tecnología. Hemos generado cultura de uso tecnológico, nuevas prácticas. Lo que nos queda para pensar es ¿cuánto ganamos y cuánto perdimos en este paso? ¿Cuánto de la elocuencia incontrastable de una imagen puesta al servicio de una descripción coloquial, erosionará el lenguaje hablado, obturando los recursos de la imaginación y las habilidades narrativas? ¿Cuánto de la práctica de construcción discursiva cederá su (ya recortado espacio) a la simple elección de una oferta de reemplazo escogida en un catálogo (cada vez más abundante) de artilugios tecnológicos? El dedo que señala en un listado versus el esfuerzo de construcción discursiva. Todo presentado como parte de los beneficios que nos acerca la tecnología. ¿No es este acaso uno de los aspectos más cuestionables de nuestra relación con la artificialidad?

Fuente de las imégenes: Navegante y Collide

 

 

 

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4 comentarios



  1. Coincido, Gabriela. Desde esta perspectiva, toda ganancia funcional es contra el desarrollo de las habilidades expresivas, lo que conlleva al empobrecimiento del esfuerzo por conocer (que, epistemológicamente es parte del saber que se construye).

    La imagen más próxima a que me remite el tema es a la etapa de aprendizaje del lenguaje oral, alrededor de los 2 añs: Un niño esforzándose por identificar aquello que quiere que le alcancen y el adulto, que muchas veces no soporta la situación de falla que eso deja al descubierto (como todo proceso de aprendizaje), comienza a ofrecerle cosas, tratando de acertar, en lugar de comprender lo que sucede.

    En ese proceso, se obtura la posibilidad de desarrollo del lenguaje en el niño (y de su Ser), reduciéndolo solamente a un par opuesto: si-no.

    Cualquier semejanza con la relación mercado-consumidor…


  2. “El dedo que señala en un listado versus el esfuerzo de construcción discursiva”. Y además, los ojos del que ve vs la imaginación del que escucha y a su vez construye el objeto.

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