Bengalas

a Hernán I.
al Manuel que no encuentro

 

Amanecía. Los primeros estambres del sol iban dibujando aquellas pieles con trazos de luz metálica y tibia, contorneando las espaldas cobrizas y olvidando largas pinceladas de sombra sobre la arena. La playa quieta —desierta a esa hora— bien podría ser un remanso vago donde soñara la esperanza. Intrépidas y rumorosas, algunas lenguas del mar estallaban cada tanto entre las perezas del silencio.

Manú caminaba adelante. Se había separado algunos metros de su padre corriendo detrás de espejismos fugaces. Formas extrañamente fantásticas que a la distancia parecían tesoros desaforados, y sin embargo se desvanecían en cuanto Manú los alcanzaba. Pero él no quería darse por vencido. Jugaba con eso y —aunque presentía el desenlace cada vez— igual volvía a la carga como si buscara sorprenderse. Retozaba. Tenía trece años y nunca había estado en el mar. Nunca antes habían visto sus ojos semejante vastedad. Tanta lejanía. Tanto infinito y tan horizontal.

El era de la montaña, del azúcar, de las flores y las naranjas. Era de Tucumán. Sabía del amanecer en la llanura, conocía la furia del Viento Blanco y la primavera del ceibo a la orilla del río. Pero nunca había visto el mar. Ese que ahora lo dejaba ir por la playa y cada tanto le hacía desplegar el asombro como una bandera.

 

Hacía un rato que caminaban sin decir palabra. Habían estado hablando de los pájaros y de volar, de tener sueños y trabajar por eso, de la vida y de aquella antigua promesa de amanecer juntos un día mirando el mar.

Acaso el silencio comenzó a mostrar su cara cuando apareció ese pájaro muerto. O lo que quedaba de él. Un esqueleto pequeño y fragmentado, escareado por el agua. Bruñido de tiempo.

Podría haberlo encontrado Manú, poco importaba eso. Lo bueno fue que sirvió para desatar aquel juego de fábulas en torno a él. Que cada uno a su antojo, fue pudiendo agregarle pedazos al pasado como remiendos. Glorias y explicaciones fueron poniendo aquellos huesos al reparo de alguna historia. Acaso ingenua y fantaseosa quizás, pero útil a pesar de todo. Había servido para que hablaran. Para que una vez más se cumpliera entre los dos la ceremonia del encuentro. Y eso era suficiente.

Comenzando a tejer historias, hubo una cosa en la que tuvieron acuerdo de antemano. No querían que fuese una gaviota ese pájaro muerto. Y si por casualidad llegaba a serlo, seguramente no sería el pequeño Juan Salvador. No. El tendría que andar por ahí. Ya habiendo aprendido el oficio de volar y ya siendo grande. Seguramente revolotearía por allí, balanceándose entre las olas, volando en picada o planeando un cielo enorme de regocijos.

 

Papá –había dicho Manú– ¿qué es lo que duele tanto de la libertad? Y desde ahí, el silencio había hecho un tajo en el aire. Porque él sabía de qué dolor hablaba su hijo, pero sólo tuvo a mano un suspiro repentino para contestar semejante pregunta. Y como si hubiese entendido aquella confusión, Manú había arrancado presuroso, buscando el agua para chapotear y sus tesoros remotos, que todavía estarían para ser descubiertos por ahí.

Desde aquella pregunta caminaban así. Ahora la calma era un estruendo sobre la playa, más imponente que la distancia y tan escandalosa como esas aguas que le mojaban apenas la sombra cuando pasaba. El hubiera querido decir algo, responder, salirle al cruce a esa demanda, pero le ganó el silencio. Lo fue dejando encerrado y sin saber por dónde desatarse.

De pronto lo vio a Manú corriendo hacia donde él estaba. Había encontrado el cartucho vacío de una bengala y quería mostrárselo, deseaba que lo guardara, que lo tuviera como una ofrenda. Una señal de: aquí estoy.

Venía riéndose. Tenía los ojos llenos y entre los pliegues de aquella imagen, él encontró la suya para contestarle.

 

Bien pudo no haber ocurrido nunca –le anticipó–, quizás yo me lo imagino y eso es todo. Pero supongamos que sea verdad. Si esta bengala fue disparada como un aviso, tal vez, en otra parte haya aparecido un chaleco desatado, o los restos de algún bote salvavidas, o nada más que esto. Ninguna cosa que pudiera flotar y el agua hubiera empujado hasta la costa. Sólo el cartucho de una bengala. Una señal en el cielo que ni siquiera sabemos si fue vista desde algún lugar. Hubo un naufragio, Manú, y no quedó nada de eso. Cualquier evidencia es ahora un secreto del mar y descansa en silencio en alguno de sus estómagos.

Un barco salió de su ruta y se perdió por culpa de una tormenta, por una falla en los instrumentos o simplemente porque tenía que pasar. A bordo, los tripulantes pidieron auxilio por la radio. Trataron de localizar a alguien en medio del caos, reclamaron ayuda pero nadie los escuchó. Se quedaron a la deriva. Solos. Sin combustible para mucho tiempo. Muertos de miedo y sin socorro.

Algunos, con el correr de las horas, fueron cediendo ante el pánico y la congoja. Otros buscaron el abrazo de la esperanza y los más experimentados hablaron de tener calma. Ninguno podía decir, en aquel momento, cuál era la fórmula para seguir. Sólo quedaba esperar hasta que algo cambiara.

Tanto como pasaron los días, la situación fue haciéndose más difícil cada vez. Tuvieron que ir destrozando el barco para echarlo en las calderas o protegerse del frío. Hubo averías que no pudieron subsanarse, empezaron a escasear el agua y la comida y muy pronto algo se hizo evidente para todos: a pesar del esfuerzo no había seguridad para nadie. No había respuestas ni horizontes. Sólo el silencio helado y la inmensidad. Lo único posible era esperar un poco más. Entonces la espera que en apariencia los igualaba, comenzó a mostrar las diferencias.

Empezaron las peleas y el barco comenzó su lento camino hacia la muerte. Y con él lo que quedaba de todos. El miedo y la incertidumbre, finalmente, pudieron más que las ganas de seguir adelante.

Hubo quién se sintió arrinconado y eligió dejarse morir, como siempre pasa. Pero hubieron otros que se tiraron al agua. Se aferraron de lo que pudieron y trataron de nadar aunque no supieran hacia dónde ni tuvieran la certeza de llegar a ninguna parte. Y ya ves, tampoco por eso les fue mejor. Acaso alguno de ellos, con el aliento que le quedaba, exhausto y a merced del mar, tiró esta bengala al cielo aun sabiendo que podría no servir para nada. Pero que le serviría a él mientras nadara tratando de alcanzar la costa. Para no entregarse, Manú, para no aflojar. Para que la muerte lo encontrara peleando a brazo partido por agarrarse de la vida. Hasta el final. Porque de eso se trata la libertad… por eso a veces duele tanto, Manú – dijo, y otra vez el silencio le apuñaló el costado. Pero esta vez no pudo seguir escribiendo.

Doce años atroces ahí adentro, eran demasiado tiempo en esta porfía, aunque no le alcanzaran para estar con su hijo. Se trepó hasta la ventana por centésima vez. Entonces pudo llorar y se quedó ahí, mirando el cielo entre los árboles. Pensando en ese pájaro pequeño que apareció muerto con el día. Justo esta mañana cuando le trajeron la carta de Tucumán, el paquete abierto con las naranjas y el cartucho usado de alguna vieja bengala, que Manú había convertido en un lapicero para él.

 

Noviembre 1985/ © Daniel Ismael Krichman