El efecto Dorian Gray

Ya habí­a leí­do la novela de Oscar Wilde hací­a muchos años. Dorian Gray, alguien de una belleza sublime en el relato, celebra un pacto con el Diablo: Entrega su alma a cambio de que el paso del tiempo no se transcriba en su rostro privilegiadamente hermoso. Un dí­a cualquiera se cruzó frente a mí­ ese tí­tulo, El Retrato de Dorian Gray, pero en formato de cine. No sé exactamente qué fue lo que me atrajo, pero sí­ recuerdo la pregunta que me apareció inmediatamente. ¿Cómo serí­a ver al Dorian Gray que Wilde describía como una belleza sublime, en una pantalla de cinco metros por cuatro? O mejor aún: ¿Cómo serí­a ver fuera de mi cabeza lo que yo imagiaba que serí­a ese rostro? Ganado por la curiosidad, entré en la sala… y entonces ocurrió la decepción. Aquel Dorian Gray no era siquiera un carilindo.

Sospecho que el director de la pelí­cula —de quien he tenido la fortuna de no recordar su nombre— también lo sabí­a. Sin embargo, debo reconocer que fue él, con su —para mí­ innovador recurso— quien me introdujo en los meneos de la manipulación mediática. Él fue para mí­ el inventor del efecto Dorian Gray, herramienta potentí­sima  —si las hay— aplicada indiscriminadamente en esta época de estampidas mediáticas, de urgencias, de olvidos y de confusiones lamentables:

Alcanza con que alguien diga —desde alguna tribuna con un cierto rango de audiencia— que algo es así­, para que ese algo sea así­.

¿Magia? ¿Surrealismo? ¿Fantasí­a. Nada de eso. El efecto Dorian Gray es una curiosa interacción de partes en donde uno dice un disparte y el otro hace como que lo acepta. Pero tanto dice el que dice y tanto hace el que hace como que lo acepta, que al final lo acepta.

El Dorian Gray del celuloide no era ni de lejos un agraciado Adonis. Pero aquel equipo de talentos cinematográficos salvó el inconveniente colocando a un grupo de adulones que, comentando entre sí­ lo lindo que era el tipo, nos decí­an en realidad a nosotros —espectadores incrédulos algunos y consternados otros, por si no nos habí­amos dado cuenta— que Dorian Gray era efectivamente una belleza sublime.

Lo interesante de la jugada es dónde se puso el esfuerzo. El desafí­o —dificilí­simo sin lugar a dudas— era mostar una imagen bella. Irrealmente bella, según lo que se desprende de la obra literaria. El guionista debí­a transcribir esa obra literaria a un lenguaje visual. Uno pensarí­a que la creatividad iba a ser puesta en la producción o en el casting, y en la manera de tejer —desde ahí— la complicidad con el espectador, jugando a que Dorian era una belleza descomunal. Nada de eso. En lugar de recursos visuales, el guionista puso más discurso textual. Apeló para ello a un atajo increí­blemente burdo e indigno de la sutil inteligencia de Wilde. Cualquier parecido con la realidad —usted ya lo sabe— es pura coincidencia.

Se estrenaba así una poderosa herramienta mediática —y acaso una era— con un sesgo informativo claro y definitorio: Si yo digo, es. Que traducido al lenguaje más ilustrado podrí­a leerse como todo lo que no pasa en los medios (sobre todo en la tele), nunca sucedió. El mensaje no dicho, que se abona por detrás de este mecanismo —además de prepotente— es de una refinada perversidad: Si yo te lo estoy diciendo desde mi lugar de operador mediático (léase: poder), anotalo porque es verdad y si no lo viste, vos sos el que no te diste cuenta. ¿Magia? ¿Surrealismo? ¿Ficción? En cualquier idioma, se huele bastante parecido a la manipulación.

Se trata de transferirle al otro (la audiencia) la responsabilidad de formar Crédito de Veracidad en materias que —como mí­nimo— son opinables. Desde estos suelos —recordémoslo— creció y deplegó su sombra magní­fica el árbol del pensamiento único.

Como en el juego del sometedor, que solamente somete al que —en algún lugar— desea ser el sometido, aquí­ la manipulación se establece exactamente en términos simétricos. Juego a que te creo, pero digo que no te creo. Pero tambén sé que es más fácil creerte. No tengo que pensar otra cosa, no tengo que sostenerme, ni confrontar. Tengo derecho a eso, estoy cansado, todo es muy difí­cil, no entiendo nada.

Ergo, en la Argentina de la dictadura no había desaparecidos; en la de Menem no había pobres; Pinochet era un general sanmartiniano; los argentinos éramos derechos y humanos; le estábamos ganando la guerra a los ingleses; la Casa de Alfonsín estaba en orden; el efecto derrame inundarí­a la economí­a y producirí­a una descomunal reactivación y —últimamente— los terroristas son los talibanes, aunque los cruzados de la Justicia Infinita, para apropiarse del control del petróleo de Afganistán, hayan debido masacrar a miles de ví­ctimas inocentes del régimen Talibán.

El efecto Dorian Gray, en este caso, consiste en tapar el ojo de la cámara. La sangre entonces desparece y la guerra se convierte en un inofensivo e indispensable acto de justicia. El Rey está desnudo. Dorian Gray, aunque parece un tipo normal, sin duda es una belleza sublime.

¿Podrán? Hay indicios que abonan la Esperanza para el campo popular. Por nombrar solamente algunos:

  • Casi treinta mil cientí­ficos de 171 países a fecha de hoy, entre ellos un puñado de premios Nobel, han iniciado un boicot activo contra la política de las empresas editoras de publicaciones cientíicas: o colocan todo su material en archivos abiertos en Internet, o dejarán de publicar en ellas y anularán sus subscripciones. Los cientí­ficos quieren que sus colegas de los países relegados puedan acceder libremente a la información que produce la investigación cientí­fica en todo el mundo.
  • La Red Científica Peruana, aquella que acercándole Internet a la gente a través de los Telecentros, enfrentó a Fujimori con una oposición ilustrada, ha cumplido 10 años;
  • A propósito del atentado al WTC, Internet mostró una descomunal capacidad para construi­r circuitos alternativos de información… y una insólita horizontalidad. Mostraron un Dorian Gray parecido a cualquiera de nosotros.
  • Echelon es la red que espía las transmisiones en todo el mundo. Está dirigida por la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos y la sede central de Comunicaciones del Gobierno del Reino Unido en colaboración con Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Utiliza grandes antenas de radio en tierra, en los Estados Unidos, Italia, Reino Unido, Turquí­a, Nueva Zelanda, Canadá, Australia y otros paí­ses, para interceptar las transmisiones y algún tráfico en superficie, así­ como satélites para interceptar transmisiones entre ciudades.
    Sin embargo, no puede con la creatividad popular: Metamute Encuentra Echelon-una Competición Literaria coincidiendo con el Día de Jam Echelon 2001, es una muestra de ello. La idea fundamental del Dí­a de Jam Echelon era utilizar la lista de palabras clave Echelon disponible públicamente, enviando miles de mensajes desde todo el mundo para confundir el sistema y aumentar el conocimiento público de la existencia de la red de espionaje y del hecho que las comunicaciones personales están siendo controladas. Como la estructura del sistema es demasiado sofisticada para atender simples listas de palabras (parece que Echelon analiza la estructura gramatical de las frases y el contexto en el que las palabras clave aparecen), Metamute Encuentra Echelon fue creado para motivar y premiar hasta con mil euros, la producción de obras (ficción, novela, etc.) que utilicen la lista de palabras de manera que efectivamente confundan a Echelon…

Yo soy de una generación que produjo lo que en Argentina se llamó la Nueva Trova Rosarina. Poetas y músicos que encontraron la manera de hacerse oí­r en tiempos en que los militares genocidas quemaban libros tan subversivos como La cuba electrolí­tica, por ejemplo. Ellos —expresión popular de un sector del pueblo que resistí­a— se las arreglaron para hablar cuando nadie se animaba a hacerlo. O lo que es peor, cuando los que podí­an, almorzaban con Videla. De esto han pasado más de veinte años. Entonces no habí­a siquiera indicios de que Internet fuera a aterrizar en esta parte del planeta. Aun cuando todaví­a necesitamos aprender a pensar de otra manera, asumir los propios liderazgos y empezar por casa a ordenar los valores con los que pretendemos vivir, sigue estando pendiente la realización del balance de estos años y la construcción de un proyecto de paí­s que contenga nuestra diversidad como Latinoamericanos.

¿Podremos?

Aunque todavía hay muchí­simo para hacer, sumar, pensar y corregir, hoy ponemos en lí­nea la segunda versión del proyecto red Aprender & Cambiar, después de dos años de trabajar con las condiciones más duras que uno se pueda imaginar: Es difí­cil encontrar apoyos para un emprendimiento de estas caracterí­sticas en un paí­s que viene desplomándose desde hace más de cuatro años, porque desde hace más de cuarenta, practica el deporte de perder oportunidades. El trabajo redoblado ha sido una apuesta, pero también es una respuesta. Quizás podamos ayudar desde aquí­ a que nuestro Dorian Gray pueda empezar a bajarse de ese pesado oficio de ser inmortal.

© Daniel I. Krichman / Mina Clavero / Diciembre 10 de 2001.- N del E: Los enlaces que documentaban originalmente las afirmaciones que aquí­ se hacen, han sido eliminados ya que se encontraban desactivados en el momento de transcribir esta entrada.

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