El pozo invertido

¡Abolir la guerra! Utopí­a. Es como abolir el crimen, como abolir la pena. La guerra como crimen, vivirá como el hombre; la guerra como pena de ese crimen, no será menos duradera que el hombre.
¿Qué hacer a su respecto? En calidad de pena, suavizarla según el nuevo derecho penal común; en calidad de crimen, prevenirlo, como a lo común de los crí­menes, por la educación del género humano.
Esta educación se hace por si misma. La operan las cosas, la ayudan los libros y las doctrinas, la confirman las necesidades del hombre civilizado.

El crimen de la Guerra / Juan Bautista Alberdi (1863)

 

Bagdad no es Saddam así­ como Argentina nunca fue Videla. La ciudad de la Mil y Una Noches, el territorio donde germinaron muchos de los puntales que sostienen nuestra civilización, fue destruí­da por la bombas de un ejército imperial al mando de un petrolero capaz de declarar: Estamos empeñados en trabajar con ambas partes para llevar el terror a un nivel aceptable para ambas partes (Washington, 2-10-01) [1] sin ponerse colorado. La guerra, cuando sucede, ocupa todo. Pregunta acerca de todas las cosas con un idioma de rostros ensangrentados, de niños repentinamente huérfanos, de hombres y mujeres inocentes a quienes primero se los mata y luego se les ofrece agua. Pero la guerra no sucede como un fenómeno inevitable, la promueven intereses que tienen nombre y apellido.

Exiliado en Francia, Juan Bautista Alberdi, escribió El Crimen de la Guerra, tomando partido decididamente por el Paraguay a propósito de la Guerra llamada de la Triple Alianza. Hoy sabemos que aquella contienda sirvió para destruí­r a la que fuera la nación más avanzada de Latino América y la única que podí­a hacerle sombra al dominio de Buenos Aires sobre el Litoral y constituirse en un polo capaz de reagrupar a las derrotadas provincias del interior argentino. Vale la pena recordar, que esta guerra fue conducida intelectual y militarmente por Bartolomé Mitre, fundador del diario La Nación. Diario de doctrina, como editorializa en su presentación. En abril de 1865, desde allí­ se decía categó³ricamente: El Brasil representa la civilización y Paraguay la barbarie. El Paraguay es más bárbaro que la China[2]

Al decir de Alberdi, la barbarie paraguaya consistí­a en ser la única nación de América Latina que no tení­a deuda pública extranjera, pero tení­a ferrocarriles, telégrafos, arsenales y vapores construí­dos por ellos mismos.

Entre aquella época y esta realidad transcurrieron 140 años. Casi un siglo y medio, sin embargo eso no ha hecho mella en la continuidad de la dominación. Los poderosos de turno declaran quién vive y quién sucumbe, enfilan hacia allí­ sus cañones y explican lo inexplicable apelando a los medios de comunicación y a los dispositivos de la educación. La ciudad de las Mil y Una Noches desapareció bajo las bombas que llovieron en nombre de la democracia y el asalto a Bagdad desapareció de las primeras planas bajo la aceleración mediática, aunque, como señalara Luis A. Fernández Hermana en la ya desaparecida revista Enredando: La velocidad de la generación y transmisión de información y conocimiento no tiene mucho que ver con la velocidad real de los acontecimientos que describen.


Lo cierto es que todaví­a siguen sin aparecer las armas de destrucción masiva de Sadam (ni siquiera hay rastros de las que Donald Rumsfeld le vendió a finales de los 80’s). Así­ como tampoco nunca pudo probarse que la barbarie del Paraguay la igualara con la China Imperial del siglo XIX. Y lo que es peor: sigue sin aparecer en la gente una razón poderosa que los haga dejar de mirar para otro lado. La verdadera tragedia de los pueblos, decí­a Martin Luther King, no consiste en el grito de un gobierno autoritario, sino en el silencio de la gente. Algunos años antes, Gandhi lo habí­a dicho a su manera: Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena.

Es que la tragedia de la guerra se parece bastante a la de la educación. El peor analfabeto es el analfabeto polí­tico. él no ve, no habla, no participa de los acontecimientos polí­ticos. El no sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pescado, de la harina, del alquiler, del calzado o del remedio, dependen de decisiones polí­ticas. El analfabeto polí­tico es tan ignorante que se enorgullece e hincha el pecho diciendo que odia la polí­tica: no sabe que de su ignorancia polí­tica nacen la prostituta, el menor abandonado, el asaltante y el peor de todos los ladrones, que es el polí­tico corrupto: lacayo de las empresas nacionales y multinacionales[3]

A medida que los imperios y sus representantes locales van perdiendo las máscaras, se puede ver más claro cuáles son sus verdaderos intereses, qué valores defienden y para qué hacen lo que hacen. Mientras esto sucede, cada vez más desde los grandes medios y desde las usinas educativas se trabaja para desdibujar los lazos que cuestionan la base profunda del problema. El capitalismo es el menos peor de los sistemas conocidos, repiten algunos opinadores con un cinismo rayano en lo patológico. ¿Qué será que nos asusta tanto para impedirnos siquiera poner en duda semejante afirmación? En casi tres siglos de reinado, el capitalismo no ha podido garantizar el derecho de las mayorí­as a la alimentación: dos tercios de la población mundial viven por debajo de la lí­nea de pobreza y el fenómeno crece: En 1820, el 20% más rico ganaba 3 veces más que el 20% más pobre; en 1960, el 20% más rico ganaba 30 veces más que el 20% más pobre, en 1990 ese valor llegaba a 60 veces más y en 1997 a 74 veces más[4]Como consecuencia directa de esta pérdida en el valor del trabajo, se limita el usufructo de los avances tecnológicos y con ello el del confort.

Pero no solamente eso. Tampoco ha garantizado el capitalismo el acceso de las grandes mayorí­as a la salud: 17 millones de personas mueren al año por no poder conseguir los medicamentos necesarios para curar sus afecciones. La denuncia fue formulada por Médicos Sin Fronteras (MSF) y la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Tampoco ha garantizado el acceso de las grandes mayorí­as al trabajo digno: la Organización Internacional del Trabajo ha calculado que aproximadamente 250 millones de niíos, de edades comprendidas entre 5 y 14 años, son esclavizados en el mundo de hoy.

Ni ha ofrecido educación de calidad a las grandes mayorí­as.

Los datos no provienen de una Usina del Mal que se empeña en destruir el mundo feliz creado por el capitalismo y gobernado por sistemas que se dicen democráticos. Lejos de eso, están disponibles para quien los quiera recopilar, gracias a Internet y a la masiva explosión de las comunicaciones, que viene sucediendo en el planeta desde hace menos de una década.

Este es el aspecto paradojal de la cuestión. Así como parece haber una relación inversa entre el crecimiento de la conectividad y el descenso de la comunicación efectiva, el fenómeno parece replicarse en el universo de la educación. Hay datos disponibles, pero la educación, masivamente ha perdido la capacidad de formar personas con espí­ritu crí­tico. Inhábiles para procesar información con criterio propio y cada vez más propensas a actuar como espejos que reflejan sin refractar el discurso que sostiene la maquinaria perversa. El cuadro parece parte de una escena surrealista. Un sueño imposible. Un pozo invertido: Cuanto más cavamos en él, más nos alejamos de la profundidad de sentido, enmarañados entre infinidad de datos que parecieran estar puestos allí­ para garantizar un camino opuesto al esperado.

Conforme las tecnologí­as facilitan una descomunal generación de datos en todos los órdenes y de todos los niveles imaginables, el enfoque enciclopedista de la educación se muestra cada vez más ineficiente para sostener su discurso: No educa porque no forma, no explica, no ayuda a comprender lo que sucede, no estimula a buscar caminos alternativos frente a la dificultad. Sabe cada vez menos acerca de la libertad, de la igualdad, de la fraternidad y se va despoblando de contenidos casi tanto como las escuelas lo van haciendo de niños.

La disponibilidad de datos y contenidos no salda per se, la brecha cultural; el digital divide no se zanja con bases de datos o distribuyendo ordenadores, de la misma manera que un árbol no crece en una tierra yerma, aunque se la riegue varias veces por dí­a.
La educación no se estimula porque se repartan zapatillas o útiles, cuando un chico no puede aprender porque no ha comido.

Uno y otro hambre se parecen. Para muchí­simos niños argentinos y latinoamericanos, no solamente faltan proteí­nas, vitaminas y calorí­as en el plato de su mesa. También faltan explicaciones, estí­mulos y sentido en su cuaderno de clase.

Mientras eso sucede, la Argentina produce alimentos para 800 millones de personas y el mundo duplica la cantidad de conocimiento disponible cada dos años.

La educación oficial argentina se empeña en rescatar solamente al Sarmiento educador, al gran maestro argentino, al de las ideas no se matan, garabateado en francés en medio de la cordillera y calla acerca de sus ideas de que los gauchos, los indios y los negros no debí­an ser considerados personas y por lo tanto declarados inhábiles para votar. Civilización con Barbarie. Su hijo político, el gran historiador Bartolomé Mitre no trepidó en utilizar a esas no personas para que fueran a morir en la infame Guerra contra el Paraguay en cuanto este territorio fue declarado parte de la Barbarie, apelando a los medios de la época y —por supuesto— en forma unilateral (el petrolero de Califonia no nos estuvo mostrando nada nuevo excepto por la sofisticación de los recursos). En el interior profundo de la Argentina, casi todos los pibes que van a las escuelas públicas, son descendientes de indios o de gauchos. En la escuela les estamos enseñando a venerar sin fisuras a un maestro que despreciaba a sus ancestros. Ni les decimos toda la verdad, ni los formamos para que construyan la propia. Toda una definición acerca de cómo bordear la cornisa y perder en el intento.

¿No será momento de volver la mirada sobre la educación para empezar a comprender cómo fue que llegamos hasta donde llegamos?

 

 

  1. Recogido por Humberto Eco / Publicado en bushisms.com [volver]
  2. La Nación Argentina. 29 de abril de 1865.[volver]
  3. Bertold Brecht, poeta y dramaturgo alemán; 1898-1956.[volver]
  4. Fuente: PNUD / Programa de las Naciones Unidad para el Desarrollo.[volver]

 

© Daniel I. Krichman / Mina Clavero / Julio 15 de 2003.- N del E: Los enlaces que documentaban originalmente las afirmaciones que aquí­ se hacen, han sido eliminados ya que se encontraban desactivados en el momento de transcribir esta entrada.

 

 

 

2 comentarios sobre “El pozo invertido

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