Estado: sin Estado

Te cuento dos historias y te dejo una pequeña reflexión al final. Si te parece, la seguimos en la sección de los comentarios

Primer cuentito

Canon y Nikon empiezan movilizaciones en las principales ciudades. Sus reivindicaciones básicas:
— Que sólo 1 de cada 30 móviles tengan cámara de fotos.
— Que entre foto y foto tenga que pasar más de 15 minutos.
— Que los megapíxeles de las cámaras de los móviles no puedan superar los de una cámara de carrete, de las de “usar y tirar”.
— Que para ver las fotos del móvil tengas que ir a un laboratorio a que te las descarguen.

Están dispuestos a romper todos los móviles con cámaras que vean por la calle, dar palizas a sus dueños y ejercer todo tipo de fuerza y vandalismo para que la sociedad comprenda la lógica de sus quejas.

Segundo cuentito

Dicen que en los 80, cuando la robotización empezó a llegar a las línea de montajes de autos, en una importante industria del ramo, un jefe de personal esperaba con ansiedad a que ajustaran el último tornillo, antes de echar a andar la maquinaria de la nueva línea de montajes robotizada.

Cuando estuvo todo listo y probado, llamó al delegado de fábrica, lo llevó frente su nuevo despliegue y lleno de soberbia le dijo:

— Mirá! Decile que me hagan un paro ahora…
El obrero, sin inmutarse respondió:

— Sí sí sí, yo le digo. Después andá vos y decile que te compren un auto.

Pensaba que…

La primera historia circula en estos días por las redes sociales, pero alude a algo que escuchamos en la calle, sobre todo a propósito de la discusión entre taxistas y Uber. Pero no únicamente. También la vivimos hace unos años en Rosario entre la Cámara de heladeros artesanales y la cadena cordobesa Grido.

Imposible no volver a Pensar sin Estado, el libro póstumo de Ignacio Lewkowicz.

El capitalismo necesita innovar permanentemente para sostenerse, decía Marx. Eso incluye un costado donde la ferocidad de sus reglas aparece en escena, porque las operaciones se hacen sobre personas reales, que —en general— no están preparadas para procesar el cambio. Ese debiera ser el rol del Estado: amortiguar el impacto de esos traumas con políticas específicas que permitan que no todo el costo del (por ahora) inevitable cambio, recaiga sobre las personas que hacen mover el sistema.

Por lo que se ve, hasta ahora esto ha sido mucho pedir.

¿Qué te parece?

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