Cualquieras

Werther, una novela de amor epistolar que termina en tragedia, fue el primer libro que me dio cuando pregunté por el amor.

Donde debió haber una palabra dibujando una promesa para el amor, puso el silencio quieto y resignado que traía consigo, como una letanía. ¿El amor? ¿Enamorarse? Aprenderás como yo lo hice. Aprenderás a querer a alguien cualquiera.

Había nacido —liberté, fraternité, égalité— un 14 de julio y como una contrapartida que anticipa el sesgo dramático de la vida que vendría, su entrada al mundo ocurrió en una casona de la calle Gil… Nunca soltaba el hilo de contar una cosa sin la otra.

Cruzó el charco hasta Buenos Aires, cuando su madre la echó por desafiar su autoridad. La ofensa —contó alguna vez— haber ido a sostener la mano de Prudencio, padre, canario y constructor de casas, cuando ya dejaba el mundo.

Te van a poner piedras y besos en el camino, le había dicho para despedirse.

Antes o después de aquella muerte había perdido el amor de otro hombre, al que ella había elegido, porque un cáncer tozudo le entornó los ojos demasiado rápido y antes de tiempo.

Su amor por Felisberto, era también una disputa de las mujeres de la casa, incluida Calita, madre feroz. Para ella, ese amor se tomaba revancha en los territorios del arte. Pudo haber sido una eximia guitarrista. Su hermano mayor le había enseñado técnicas de digitacion inventadas para el piano con ese desparpajo tan suyo con el que también la había marcado.

Pero todo aquello quedó en la otra orilla o se hundió en el oleaje mudo del exilio.

Mi padre fue un cabo de donde aferrarse en ese océano de silencio. No el amor, en una Buenos Aires inhóspita de conventos, donde la desesperaban sacándole la cama al patio porque no iba a misa.

No el amor que cierne una esperanza. No el amor de elegir un hombre que le hiciera vibrar las fibras. Uno cualquiera de quien enamorarse. Quizás —¿cómo saberlo?— evocación de aquel que retaceaba el cuerpo y crecía entre los pliegues y las volutas del arte compartido con su hermano mayor.

Uno, para hacer dos y plantar una familia porque la urgencia, porque los hijos, porque el tiempo se terminaba.

Dos enormes conocedores de la música clásica. Memoriosos. Grandes escuchadores de sinfonías y oberturas. Así se conectaron, pero más de 20 años de matrimonio no pudieron hacer que se encontraran.

Durante todo ese tiempo, ella sostuvo el sin rumbo de esa familia de tres hijos, comandada por mi padre, su capitán errático. Hasta que no pudo más y dejó que todo se derrumbara con ella.

Una sóla vez la ví enfrentarlo. Por entonces Melincué era un balneario concurrido y bullicioso. Nuestra familia había recalado allí porque era la zona de trabajo del médico veterinario, mi padre. Ahí vivimos 45 días en una carpa que ella había hecho con sus manos, con lona, con su propia máquina de coser, a la que había que pasarle una vela para que deslizara el traqueteo del pespunte .

Alguna noche de ventolinas que anunciaban furia, llegó la policía local alertando a los acampantes. Que se fueran a lugar seguro, porque el pronóstico no tenía buenas noticias. Mi padre intentó considerar la oferta.

La cumbrera de la carpa, el palo que también usaba como barra para sus clases de danza, horqueteaba amarrada en un eucaliptus añoso, que además servía la sombra durante el día. Ella revisó los vientos, repasó las canaletas, controló que los tiros estuvieran asegurados y lo desafió: nos quedamos acá.

La tormenta de esa madrugada se llevó todo lo que había alrededor. Inclusive una carpa vecina. La nuestra quedó como si nada. A la mañana siguiente, sentada sobre un tronco, de mate ensillado, la encontramos cortando letras de un pedazo de hule amarillo que había encontrado por ahí. Las cosió prolijamente en la entrada de la carpa, que desde entonces se llamó: ¿Viste? ¡Pude!

El destinatario del mensaje no se dio por enterado. Tal era la sordera en la que vivieron sepultados.

Muchos años después, muy lejos de Melincué, una tarde de otoño la subí en un taxi para que se fuera de mi casa, tratando de proteger la relación con una mujer que ya no vive conmigo. Y fue la última vez que supe algo de ella.

Esta renguera que traigo en el alma — y que a veces se me nota más— se la debo entera. Yo no fui su hijo preferido ni me avergüenza decir que fue mi suerte que muchas veces ella misma me apartara de esa casa. La herencia se la llevan puesta, solía decir. El abrazo apretado del que te quiere y está roto, también lastima y desgarra la carne. Pero lleva una vida averiguarlo y entender cómo vivir con eso.

Aunque aposté algunas veces, todavía no he aceptado que sea posible aprender a querer a cualquiera, que el amor se pueda construir a ciegas, encontrando lo que no se ve la primera vez. Sin embargo, hay ciertos días, cuando consigo torcerle el brazo a la tormenta y se me resquebraja lo aprendido, tengo el impulso de correr a contarle a ella ¿Viste? Yo también pude.

 

julio/2017 © Daniel Krichman