En sueños de amor

El amor de una persona pone un término a la expansión infinita del cuerpo en el universo de las cosas.
Rompe esa efusión ilimitada y ofrece un albergue corporal a la subjetividad.
Gerard Pommier

 

 

— Cuando estamos así… — dijo mirando el cielorraso, suspiró y en su voz se hizo una pausa como un hueco.

Era domingo y en un rato más ella emprendería el regreso con toda la prole. Había sido un fin de semana con algo distinto. Mariana y sus dos pequeños hijos pasaron con nosotros todo el sábado y ahora dormían en el living en una cunacama improvisada en el piso con almohadones y acolchados recolectados por toda la casa.

En el aire perezoso de la mañana iba mezclándose algo de la felicidad del momento con el perfume rancio de la despedida, que también comenzaba a desplegarse.

La pequeña Tini, había escapado de su almohadón y como un rayo silencioso se había metido en la cama con la abuela. Mamaotra, le decía.

Esta mamaotra no pudo evitar que aquella felicidad llamara a la puerta de una casa vacía, habitada desde hacía veintitantos años, sólo por el dolor sórdido de una muerte incomprensible. Él también se llamaba Miguel. Jorge Miguel.

Mariana tenía apenas un año. Su papá trabajaba solo, arriba de una cosechadora en medio del campo cuando entre entre los pájaros y el polvo del cereal que se desgrana, se le apareció la muerte y no lo dejó seguir con lo suyo.

Desde el puesto de la estancia alguien veía la máquina quieta desde hacía un rato. Imposible hacer otra cosa que no fuera llegar tarde. Imprudencia, impericia, descuido, mala suerte o un poco de cada cosa, dejaron ese día a Jorge en el suelo, al lado de aquella máquina y a su familia recién fundada en la orilla del desamparo.

Acaso desde aquel momento, a ella las palabras que tenía se le fueron metiendo para dentro. Hablaba poco del tema y como si contara la historia de alguien que no conocía.

Tuvo que cincharla sola —de esto también voy a salir— y lo hizo. Claro que sí. Aunque la fiereza amarga de las batallas la había mandado muchas veces a esconder la ternura, aquella mañana se vio dentro de una escena con la que no se había tropezado nunca.

Por eso el suspiro. Por eso la pausa que parecía un hueco.

— Cuando estamos así, me parece que Tini es Marianita… Estoy con vos en la cama y es como si no hubiera pasado el tiempo… Él también se llamaba Miguel. Jorge Miguel…

No pude decir nada, pero sentí que me estallaba el corazón. Después de un tiempo entendí que aquella mañana había tocado apenas ese territorio esquivo donde el amor muda la piel y reorganiza los abrazos. Ella me había encontrado en el ensueño de una historia suya, que apenas cuando estaba comenzando a brotar, repentinamente se le quedó quieta en el tiempo, sin explicaciones, sin descanso y sin palabras.

 

agosto/2017 © Daniel Krichman