Felisberting

Cuando el pibe apoyó la ñata contra la ventana del bar, sin mirarlo me di cuenta que él también estaba incómodo. Yo esperaba la hora, y el chiquilín, que le diera algo.

Encima, Ducler es un tipo extraño. Yo sabía eso, pero había ido igual, aunque no me explicaba bien para qué. Seguramente iba a tener que mentir y seguramente, a nadie iba a importarle eso. La mayor parte del camino, la curiosidad me había traído de la mano, suavemente y a veces había tenido que hacerlo a los empujones. Yo le vine diciendo todo el tiempo que iba a sentirme incómodo, pero nunca quiso escucharme.

Un laberinto de escalones, recovecos y desniveles, cortando al medio una manzana del centro rosarino, era el punto de encuentro. Un tajo angosto de donde brotaban historias y sonidos del pasado, conectaba ese lugar con Felisberto: Un antiguo dueño del Pasaje Pan había sido también un mecenas del escritor uruguayo.

—¿Dónde está el baño?— pregunté.

—Es complicado, pero te explico— me dijo Ducler con alguna resignación.

Cuando volví, sentarme costó un poco más. El malestar insistía en ponerse cómodo y me empujaba, ya no entrábamos en la misma silla. Yo había salido para oxigenarme de aquel ahogo, pero el atajo había sido peor.

Ducler, con cara de nada, contaba que frente a su oficina supo verse alguna vez la de un detective que perseguía maridos infieles, a los que ponía plazo perentorio para encarrilarse antes de mostrar las pruebas del engaño.

Yo lo escuchaba con desconfianza. Le gusta Felisberto porque él también es un tipo extraño. Todos lo somos. Todos lo éramos en aquella oficina. Sin embargo nos íbamos descolgando por las cornisas despeinadas del relato que la socia rubia de Ducler leía de a pedazos en las Tierras de la Memoria. El tipo la interrumpía constantemente. A veces cortaba la magia y a veces no.

Había vuelto del baño tentado de contar que una vez estuve con Felisberto, pero no me pareció apropiado y preferí callarlo. Entonces me dí cuenta que ese era el motivo por el que estaba atrapado en la telaraña. Ducler o la socia o vaya a saber quién, había desparramado ideas extravagantes en un evento de Facebook y las palabras habían caído distraídamente, formando un texto de una belleza singular. Leer a Felisberto, hablar de Felisberto, escribir como Felisberto, tocar el piano como Felisberto… todo eso se llamaba Felisberting. Y fue lo que me envolvió de perfumes y me llevó de vientos hasta otra época.

Detrás de las espumas y los azares siempre hay una trama áspera y magullada que sostiene lo que se ve y esconde lo sufre. Detrás del abrazo amoroso de alguna reconciliación hubo un detective y una amenaza de contar otra verdad. Detrás del llamado mágico a felisbertear había un santuario ensortijado, cruzado por filos de muchísimas historias dolientes. Detrás de aquellos textos perplejos del escritor desenfadado, es fácil adivinar el trazo desgarrado de una vida difícil.

Pero ahí estaba yo. Aún sin ningún mérito especial, me atrajo la idea de jugar a encontrarme con Felisberto. Finalmente tendría que hacerlo. Abrir el juego de la verdad y contar quién era.

En el pueblo de mi infancia, vivían las dos hermanas de Felisberto. Deolinda estaba casada en segundas nupcias con Juan Urdaniz, ciego a causa de un sífilis mal curada, y Mirta, con un Veterinario, con quien tuvo tres hijos.

Nunca supe por qué las dos habían ido a parar al mismo pueblo. Deolinda había fundado una biblioteca que atendía por las tardes. Allí enseñaba a los niños del pueblo a dibujar como Torres García y a los adultos a pensar como Carlos Vaz Ferreira.

Y ahora yo me había cruzado con Ducler y la socia rubia, porque había aceptado el convite de hacer lo que Felisberto hacía.

La historia se repite más allá de lo que a uno le guste creer. Mirta, mi madre y Deolinda, la tía Ronga para nosotros, se pasaron la vida entera jugando a ser como Felisberto.

Y yo, que siempre quise creer que podía escapar de toda esa locura, ahora estoy aquí, jugando a Felisberting y como el chiquilín de la ventana, esperando a ver qué pasa.

 

febrero/2018 © Daniel Krichman