La letra, con sangre

La siesta pueblerina estiraba su paso bajo el paraíso enorme. Demasiado grande para tan poco terreno. Entre la medianera y él, un viejo tirante de pinotea sostenía un trapecio al que apenas alcanzábamos.

El fondo de la casa era un territorio de juegos, pero también el más maravilloso laboratorio de invenciones.

— Noooo…  que yo la clavo más cerca!
— Correte de ahí… Dale tirá.
— Hasta que no se corra Pedro no tiro. Pedro, correte!!

Un día descubrimos que podíamos cortar un palo de escoba a unos diez centímetros de largo, hincar un clavo grande en un extremo, atarle tres plumas de gallina en el otro y raspar en el cemento del patio la cabeza del clavo. Interminablemente. Hasta convertirla en un dedo largo y filoso.

— Pero mirá que punta!
— Dale dejame a mí…
— Pedro, correte!!

Papá era un tipo recto. Riguroso. Hombre de principios. Cada vez que la familia se mudaba a un nuevo sitio, él y mamá se las arreglaban para integrarse en la Comisión Municipal de Cultura. Nunca supe bien qué hacían ahí. Se reunían. Iban muy bien vestidos pero no había comentarios entre ellos a la vuelta. O al menos no los hacían delante nuestro.

A una distancia prudencial del paraíso, papá había plantado un tronco alto de eucaliptus, que sostenía el otro extremo del alambre donde se colgaba la ropa.

La cima de ese tronco era nuestro blanco. Pedro correte. Uno por turno tirábamos aquel dardo casero con mi hermano mayor, compitiendo por clavarlo lo más cerca posible de la cima. Era hermoso verlo volar y detenerse bruscamente cuando la punta se clavaba, con un golpe seco, contra la madera inerte del eucaliptus. Claro que la mayoría de las veces pasaba de largo. Pedro, el menor de los tres, no tenía permitido concursar. Podía hacerse daño manipulando estas cosas. Tener siete u ocho no es lo mismo que tener cinco. Pero él, a toda costa, quería ver —desde su pequeña estatura— cómo el dardo aparecía detrás del tronco. Correte Pedro, sino no tiro.

Papá sabía que habíamos usado sus herramientas, aunque no recuerdo que le hubiéramos explicado lo que pensábamos fabricar cuando se las pedimos.

Era cuestión de aprender cómo hacerlo. El eucaliptus terminaba como a dos metros por encima de nuestras cabezas. La práctica siempre fue la madre de la habilidad y lo era entonces. Correte Pedro o no tiro. Tantas veces probamos hasta que empezaron a aparecer buenos lances. Nos sentíamos en la gloria. Viviendo las aventuras de Bomba en el reino del peligro.

Pero todas aquellas historias que leíamos por las noches antes de dormir, tenían algún pasaje de terror. Uno de esos lances, destinado a ganar el campeonato, pasó de largo y en su caída parabólica se clavó más de un centímetro y medio en el muslo pequeño de Pedro, que —como nosotros— quedó congelado. Cuando se dio cuenta de que el dardo colgaba de su pierna derecha, la casa se llenó de gritos.

Papá, que era un tipo parco, meticuloso, con valores sólidos. Un amante de la ejemplaridad. Tenía la veterinaria en la parte delantera de nuestra casa. Aquel día nos dio una lección que —yo al menos— pude aprender.

Observó el panorama, llevó a Pedro hasta hasta la zona de curación y le extrajo el dardo en medio de gritos desgarrados, lágrimas y pánico esparcido sin control. Colocó sobre la herida una gasa embebida con algún líquido y nos dijo:

— No tiene puesta la antitetánica. No se la voy a poner. Y si se muere, ustedes van a aprender a no jugar con cosas peligrosas.

Y se volvió a seguir durmiendo la siesta.

 

 

04 de enero/2018 © Daniel Krichman