La mina de Teodelina

El Cruce

La mina de Teodelina, apareció un día así, de la nada. Traía un asombrador para los ojos en una mano y se reía. En la otra un cartel tinder que señalaba un cruce. Se paró justo en el punto donde la 94 se encuentra con la 65. Miró el mapa y pensó: por aquí va a pasar. Venía de allá, parece que la mandaron vos haceme caso que vas a ver. Y la mina fue. Tenía poco para perder. En todo caso un tajo antiguo, un puntazo de amor dolido que no cicatrizaba y —ya se sabe— ese tipo de heridas no cierran si no es con el empeño del olvido.

No sé cómo se me coló en el estante donde tengo ordenados de mayor a menor los recuerdos coleccionables. Pero se metió sin que pudiera darme cuenta ni darle permiso. Y me puso todo patas para arriba.

Tampoco sé muy bien en qué momento vio venir el micro o la moto y se trepó. Se reía. Sé feliz, decía. Pero no me lo decía a mí ni a nadie. Lo decía. Así apareció. De la nada.

 

La ventanita

Han pasado apenas unos días. Me sorprendo pensando que —probablemente— todo esto no exista. Que el micro no lleve a ninguna parte, que Teodelina no sea un lugar en el mapa, que tengo fiebre sin temperatura, que alucino. El amor también es una ilusión. Igual que la tecnología, ocurre en el espacio de la virtualidad. ¿Será que los aparatos nos hacen creer que pasa lo que no pasa? Algo que suma, una conexión, una marca, un pedazo incipiente de historia. Una promesa ¿Cómo puede uno extrañar a alguien a quien no le conoce perfumes en las miradas, el silencio triste cuando busca rescoldo o los chisporroteos blancos de una carcajada? ¿Cómo se puede? ¿Cómo? que me vuelvo loco… Y la extraño, flaca dónde estás, que no aparece en la ventanita. Y en cambio insiste la pregunta: ¿Y si sí?

Siento que ha estado ahí pendiente que nos encontráramos, y todo esto es un delirio… pero acá estamos, uno en cada borde del confín de la voluptuosa digitalidad. Amenazando con estrellarnos contra el otro en un abrazo que espera hace tantos años, como la distancia que el teléfono se empeña en pasar por alto. Y me pregunto si este océano que se despliega tan parecido a la felicidad, cabe sólo en la ventanita del chat o puede desbordar y desparramarse por la vida otra. No solamente aquí.

 

El encuentro

Sospecho que la mina de Teodelina sabía algo de eso cuando salió. Solo sé feliz, decía, cuando la vi por primera vez. Y no importa que lo sepas. Saberlo no es lo que cuenta. Y para que lo supiera yo, se trepó al volante y cruzó tantos kilómetros bajo la lluvia como para que la ventanita se diluyera sin remedio. Para salirse del encierro de no sabe cómo se metió. Y pasar imprecisamente por detrás de mi calle, buscando cómo encontrarnos tengo miedo, no hay señal, estoy parada aquí. Y que yo corra cuando sospeche dónde es aquí y la encuentre, sin gps y sin el chat. Y entonces el abrazo suceda. Y la lluvia desborde finalmente el océano y cómo explicar la locura si nunca estuvimos locos. Que salimos de la ventanita para hacernos el amor con desparpajo y llenos de miedo, sólo para demostrarnos que la tecnología, sin tanto perendengue, podía ser un puente, un desfiladero que contenga al otro del otro lado, aunque no sepamos dónde está. Y darnos cuenta de a poco, que eso que te desotra y te hace uno, eso que te junta y te convence que hace mucho tiempo conocés esa cara, ese cuerpo y esa desnudez, eso es el amor y es todo lo que importa. Porque en todo lo demás, uno sobrevive.

mayo/2016 © Daniel Krichman