La vida sin ceremonias

dedicado a Humberto Costantini

¿Quién inventó la cana, poeta?… ¿El Deán Funes fue?… ¿Esteban de Luca?… ¿o Monteagudo?… ¡¡Ché pibe, abrime que quiero ir a mear!!… Dale, que me porto bien, ché… P’ta que te reparió, ni que fuera sordo… ¿Quién los inventó a estos, poeta?… Decime, que vos debés saber… Tiene que haber sido uno que cortaba el bacalao grande, no me digas… Ja… Tenés cara de buen tipo, vos… ¿Qué hiciste?… Dale ché… ¿No hablás vos?… Te chivaste… No querés hablar con un mamado… ¿Es eso, no?…

Se llamaba Joaquín Pasos, como el poeta de Nicaragua. Pero no se le parecía. No tenía títulos ni tenía nada. Sólo la obsesión de sobrevivir.

Antes —en otra época — supo oficiar de laburante indiscriminado. Siempre encontró un rebusque y la manera de desatar la indulgencia de algún jefe de oficina… Era un habilidoso en la materia. Había sido bancario, despachante, vendedor de libros, corredor de seguros de sepelio, charlatán de feria. Bueno para el toqueteo y los discursos improvisados. Ahora pichuleaba la vida en los bodegones de Parque Patricios. Comía de la lástima de los otros. Changaba con indolencia lo que le cayera entre manos, y se mamaba.

Una guerra sorda contra un pasado atroz, le había ido consumiendo la alegría a mordiscones…. Historias de flojeras y de traiciones, de sometimiento y cobardía, terminaban ahogándose en cualquier clase de chupi, cada vez que la memoria le revolvía la olla…

Nada serio —decía, chupado como una esponja—. Es que uno a veces se da cuenta que va por mal camino y no tiene ganas de andar mejor. Se cansa hermano, la voluntad también se cansa. Cuando te avivás que te portaste como un cagón, primero te llenás de bronca. Mucha bronca, y te sentís un gil. Pero después te acostumbrás. No pasa nada. Un cagón. Un cagoncito nomás. Agachás la cabeza otra vez y chau. Nada serio… ¡Mozo! otra vuelta que tenemos que olvidar un cacho y ya estamos redondos de tanto darnos la vuelta…

Aquellas ráfagas de lucidez le duraban poco. Filosas como eran, dejaban paso irremediablemente a la gresca. Al Joaquín se le volcaba la bronca después del vino y era de cajón que terminaba en la treinta y dos. Hacía falta poca cosa para eso. Una mirada, un gesto, el comentario de alguien, cualquier pretexto. No importaba si existía o no. Lo fabricaba. En todo caso, ese era su estilo, su manera joaquina de apagar aquel incendio que le crecía desde adentro cuando se escarbaba las llagas.

Ahí le aparecía entonces su terrible dimensión de pequeño tipo. Un pobre gato que en algún lugar de su lucidez desgraciada, sabía que iba perdiendo por goleada, en un partido que no eligió, contra alguien que no terminaaba de entender quién era… y todo lo que se ocurría hacer era empinar el codo. A la bronca le dicen vino malo —había dicho una vez y seguramente con razón—. De su historia de cincuenta y pico nadie sabía nada cierto. Mentar, se mentaban muchas cosas, pero muy pocas coincidían entre si. Hubo una mujer, o varias, pero una que lo quiso mucho. Hijos. Una discusión fuerte con alguien de la familia y una ruptura. Un quebrarse algo, que parecía ser el comienzo de la debacle. Pero por encima de todo, había mucho resentimiento en este Joaquín Pasos. Ese era el vino malo. Esa era la bronca que se le colaba entre los recovecos de una realidad insoportable, y que él necesitaba ahogar a toda costa mientras pasaba la vida.

En la seccional lo conocían prácticamente desde que se hizo curda. La acusación era siempre la misma: escándalo en la vía pública, intento de agresión, ebriedad y alguna vez —antes— resistencia a la autoridad..

Su paso por la comisaría, era también una rutina. Lo tiraban en el calabozo para que durmiera la mona, y al día siguiente lo soltaban. Le hacían creer que era un capo en eso de hacer el verso, pero siempre terminaba negociando su libertad pequeña, por la limpieza de los baños, las oficinas o —en el peor de los casos— la celda vomitada de algún otro borracho incorregible. Nada serio. Él se creía un genio y desde hacía unos meses, el castigo era un divertimento que alimentaba las pasiones ralas del sumariante de la noche. Benítez. Un bicho ladino que se preciaba de ser un experto en arrancar confesiones. Con él había pactado Joaquín los acuerdos de fondo. Nunca lo había amenazado y para él, Benítez era un cana como cualquier otro.

Ahora estaba empezando a sospechar lo contrario. Hacía ya dos días que se venía masticando el garrón de la celda, por lo que el sumariante consideraba una traición hijo de puta yo te voy a enseñar a mentir…

 

— No me quieren creer, poeta. Yo estaba enfrente del boliche y no vi nada. No sé de qué se trata el quilombo este. Me acerqué para ver y me levantaron ¿por qué no me creen, poeta?

Compartían la celda desde hacía un par de horas.  El otro era flaco, sesentón y —aunque no había abierto la boca todavía— un íntimo regocijo le carreteaba el alma, cada vez que el curda le decía poeta. Extraña cosa para él — hombre de letras, poeta, dibujador empedernido de la palabra— extraña cosa para él, convencido como estaba, que no se ven esas cosas en la cara.

— La imagen del escritor, todo despeinado y dramático, que toma whisky mientras desparrama genialidades sobre el papel, no existe. Es una visión de Hollywood —solía decir— Escribir es otra cosa, es un oficio laborioso, que requiere transpiración más que ingenio. Aquellas cosas que parecen espontáneas y llenas de frescura, generalmente tienen mucho esfuerzo metido encima.

Describía la vida, se calentaba. Le gustaba arremeter contra los molinos de la estupidez.

 

— ¿Vos eras el que estaba enfrente, en el boliche, ¿no es cierto, poeta? Le erraron. Yo te voy a contar algo, pero vos me tenés que ayudar… Benítez, —el de la noche— anda olfateando alguna cosa… Creo que además botonea para alguno… y desde hace un tiempo me viene apretando para que le sople algún dato. Dice que no puede ser que yo ande todo el día por el barrio y que nunca tenga un bueno para darle… Y parece que con vos se equivocaron… Algo de eso escuché. Que vos no sos el que ellos creían que levantaron…. No sé lo que van a hacer, pero a mí no me quieren creer que no haya visto nada, poeta… Ahora me pusieron con vos, para ver si averiguan algo… y a mí me está entrando el miedo, hermano…

Podría haberse quedado en silencio y esperar así lo que viniera. Compadecerse por aquel estilo de Joaquín. Un mamarracho que cambiaba su libertad pequeña por alcahueterías infames y que ahora lloraba como un chico. Ni lástima ni desprecio tenía para darle. Sólo le intrigaba saber cómo había hecho —semejante tipo— para adivinarle el oficio.

— ¿Cómo sabés que escribo yo?

— No sé… tenés cara de buen tipo. ¿qué hiciste?… Acá no te traen por nada…

— Le rompí la cara a un pobre gato…

Se lo dijo a él, aunque hablaba del otro. Al fin de cuentas, aquel también debía ser un pobre gato. O por lo menos, se había tenido que comer una que no era para él. Cobró porque se puso en el medio. Era un tipo joven. Se le hizo el guapo y lo sobró mal.

El ñato no tenía porqué saberlo, pero me agarró cruzado. En un mal día. Estos se creen que uno se crió boleando cachilos. Traté de pararlo una vez, y en lugar de arrugar se quiso lucir. Supongo, habrá sido porque la vio a esta mina conmigo. Yo me levanté, como para ver si se calmaba… y en vez de calmarse la siguió. Y bueno, se armó la de San Quintín, vos la viste de afuera…. Es que yo no sé lo que pasa ahora, viejo… Nosotros jamás nos íbamos a jugar así, frente a un tipo mayor…. Había más respeto, era otra cosa, qué se yo. Pero no te sentías menos macho porque te callaras la boca. A veces no sé si estos no saben ubicarse, porque se criaron mirando televisión… o directamente se creen que todo es una joda… Cuando yo tenía la edad del coso este, no eran así las cosas, viejo.

 

Sentado en un rincón, de espaldas a la reja, el poeta se dejó encender por el recuerdo. Su juventud. El cuarenta y tres. La FUBA… ¿Y quién no?… Tenía la cabeza hundida en las manos y miraba el piso. Y para atrás. La vida entera de cara a la dificultad. Peleándola como un descosido. Abriéndose paso a las trompadas, en un mundo zaino que le había puesto la pata tantas veces… Qué me van a hablar a mí del tango, querido… Joaquín lo miraba de enfrente. Como si le adivinara el viaje. Como pensando que podía colarse en ese tranvía sin que el guarda lo pescara. Y encima, con la ilusión de que el poeta iba a dejarle la ventanilla, para vichar desde ahí el recuerdo…. ¿Y cómo habrá sido el poeta cuando era muchacho? ¿Y si lo hubiera conocido? … Si lo hubiera conocido, en una de esas habrían llegado a ser amigos. Pero no. Una y otra vez, el tranvía pasaba de largo y Joaquín se quedaba esperando el siguiente. Y para colmo, el poeta iba arriba. Siempre. Y no le daba bola, metido como estaba a revisar de taquito los trapos de una pelota que no terminaba de picar…. Porque después se hizo escritor, y el laburo que le costó publicar, y se metió en la SADE y fue gremialista y opositor, hay que terminar con el macaneo, viejo… y alguna vez no se pudo callar, qué boludo, y lo metieron en una lista negra y todos sabían, pero nadie dijo nada, lo de siempre, y yo fui un afortunado porque me pude rajar antes que me la dieran…

Y entonces vino la distancia. Y la nostalgia se hizo enorme, para arrimarle un poco a Buenos Aires, ciudad porteña de mi único querer… Y la vida, tantas veces encarada a puro entrevero y cuchillazo nomás, se le fue llenando de voces aztecas, qué lo parió, tan difíciles de pronunciar, que todo lo complican estos mejicanos.

Lo que vino después, no fueron años de cercos y glicinas, de la vida en orsai, ni del tiempo loco. Ecos de su tierra le fueron llegando en el equipaje magro de muchos que —como él— tuevieron que elegir entre la inmolación o el exilio.

Una y otra vez le dolía la historia repetida. Hay dos caminos —le había dicho a uno— o hacés como Cristo y terminás crucificado; o como Galileo, cruzás los dedos, renegás de todo lo que dijiste y la seguís en otro lado.

Ocho años lejos de su tierra le entanguecieron el alma y hasta lo hicieron moquear, pero no pudieron socavarlo. Ocho años terribles. Difíciles de pasar, no quieras saber. Imposibles de resistir sin imaginar cada día, que se emprende el regreso. Hasta que llega el momento. Volver sin la frente marchita y no poder encontrar el país que había dejado. Sentir que se tropezaba en cada esquina con tipos extraños. Lisos. Indolentes. No quería creer que esa fuera su gente. Y sin embargo lo era. Buenos Aires lo recibió con la cara tajeada por autopistas inútiles y la vida sin ceremonias.

 

— Al mediodía me había ido al centro. A caminar por Corrientes, a comer algo, no sé. A encontrarme con alguien.

Hacía casi dos días que estaba de vuelta, y mucho no se le animaba a Buenos Aires todavía. Quería entreverarse con sus calles, con los amigos, con los lugares. Sentir de a poco que ella le perdonaba el esquinazo… y que la quería tanto. Escuchar algún pichuquito como al pasar y dejarse oxidar por el esmog porteño que, de todos modos —le gustaba joder— era mucho más saludable que el mejicano.

Y sin embargo, cada espacio perdido le fruncía el ceño un poco más y le chijeteaba un por qué…

En donde estuvo Bachín había una empalizada rota y parecía que hubiera aflojado los brazos, con la presión de tanto escombro. El Ramos se había convertido en una especie de boliche tilingo y osucro y La Paz estaba llena de idiotas y de motos japonesas en la vereda…

Cada vez que preguntaba por alguien, la respuesta era un puntazo que le perforaba las tripas… No está. No viene ya. Nunca supimos nada más. No sé, no lo conozco. Y no me copa. Y qué onda loco. Y vamos a curtir Ondine. Y qué pálida men… Y la sensación de un Buenos Aires que se le había bandeado definitivamente para el wing de la nostalgia, y que ya no volvería a encontrar por Corrientes, desde Callao hasta el Obelisco.

Casi sin quererlo, enredado en ese meloneo, se descubrió haciendo tiempo frente a una vidriera. Por Sarmiento, ahí nomás, cruzando Callao, unos pocos metros. Carpeteaba de tanto en tanto la puerta que se tragó la morocha. Se la había cruzado caminando por Corrientes y sin mucho perendengue, se metió a seguirla. Linda mina era. Pelo largo. Alta. Traje blanco y andar pulsudo. Cuando se paró en el bazar, le miró la cara otra vez. Le tanteó de lejos el perfil y le calculó entre veintiocho y treinta. Por un momento se imaginó desparramado entre aquellas tetas gloriosas, llorando mi Buenos Aires perdido. Y ella que lo consolaba y le juraba que no era cierto lo que le había pasado.. Que Buenos Aires estaba, sólo que en otro lugar de la vida. Y entonces, por eso, para poder encontrarla, quizás no hubiera más remedio que preguntárselo a la morocha. Se rió para adentro. Se infló. Se ajustó el riguroso lengue que le tocaba el cuello, y con la parsimonia de los que se la saben lunga, enfiló la proa hacia aquella puerta.

— ¿Y?…

— Y nada, Joaquín… La mina laburaba ahí adentro. Un sanatorio parecía… Jame joder… Ni el olor a quilombo le dejaron a eso… Me estuvo contando. Ahora son casas de masajes… y se acabó la ceremonia. Nada tiene gusto a nada. Ni levantarse una mina, viejo… Vos las mirás por la calle y las escuchás hablar y está todo fenómeno. No tienen ninguna diferencia con una piba cualquiera. Van a la Facultad, se visten bien, viven tranquilas, todo muy lindo… y cuando necesitan la guita laburan ahí adentro y les importa un carajo lo demás.

Es de una tristeza todo eso, que me dieron ganas de salir corriendo… De largar todo y salir corriendo, Joaquín.

— Y bueno, esto es lo que hay, poeta. De lo otro ya no viene. No sé qué decirte. Ahora es así, qué le vas a hacer. Ya no es más como era antes, cuando vos lo dejaste… Muchos se fueron, se las tomaron a tiempo —como vos decís—. Otros se la jugaron acá y los hicieron cagar. Y hubo otros que la vimos pasar nomás. Que nos quedamos en el medio, hermano… y ahí seguimos. No tenemos ningún bacalao para cortar, ni el nombre de alguna calle como éstas que pasan frente a la cárcel. Nada. Nosotros también perdimos, poeta. Y ni siquiera nos quedó una estrella para poner adentro del escudito. Qué los parió. Se nos fue viniendo la estantería en la cabeza — mirame a mí —, además de chuparnos la sangre, nos fueron quitando las ganas con tanta leña…

— Ché pibe… pero son sordos ustedes carajo… ¡¡Abrime la puerta que quiero echarme una meada, viejo!!

— Dale, contame, poeta… contame de esa piba, que me gusta escucharte… y me hace acordar a la mía.

— Y ya te dije. Está por recibirse de abogada, tiene una beba de un año y labura ahí… eso es todo. Quiere terminar y no le interesa cómo. Mantiene a su hija…

Parecía una buena mina, ¿sabés?… Empezamos a caminar y llegamos hasta el Parque Ameghino. Fuimos a la casa de la vieja, a buscar a nena y después a comer algo por ahí. Cuando estábamos en el boliche apareció el tipo, el padre de la criatura, y se le vino encima. No sé qué pasó, qué dijo, no sé. Creo que a mí hoy no me cabía nada más…

Pero ya está hecho, Joaquín… No tiene marcha atrás la cosa. Qué le vamos a hacer. A algunos les da por empinar codo y a otros por entrar a dar trompadas para cualquier lado. Pero ¿querés que te diga una cosa, hermano?… Si no te plantás y te sacudís las pulgas cada tanto, te vas a quedar como en el tango: con el corazón hechoi pedazos, y nada más que con eso.

julio/1988 © Daniel Krichman

 

Este cuento fue premiado por el jurado integrado por Vicente Battista, Juan José Manauta y Horacio Salas, en el concurso 30 años de Eudeba,  y publicado en el libro Cuentistas premiados, 16 cuentos de 16 autores. Eudeba, Buenos Aires 1989.