Sinusoide con el pi declinado

Todas las noches lo mismo. Mañana sigo, cuando me haya recuperado un poco. Ahora no puedo más.

Sin embargo, debajo de las sábanas adivino que sonrí­e. Creo —alucino— que sonrí­e para mí. Pero es la noche y no puedo. Me quedaría en el camino si la rodeara, ni alcanzarí­a la circunferencia del abrazo, ni alcanzarí­a el impulso… Y es una pena. Me gusta tanto.

Astigmática, frugal, ligeramente perfumada por el reflejo de la calle que entra bisectriz por la ventana, espera… Siempre me espera, aunque yo sé que no está ahí para mí­, a veces deja que me acerque. Matema existencial que me achica el sueño, pero no puede evitar que me desplome con la muerte del día.

Y la pienso. La pienso torque cada vez que la masa eme y el vector ve se asocian para esconder al pasajero de la inercia. Y subido en ese impulso que no entiendo, pero me lleva, la miro acontecimiento con el ojo cilí­ndrico del pensamiento. El que mira ¿es un sujeto que mira? ¿o es un ojo provisorio y alucinado que se constituye exclusivamente para el acto de observar esa escena? A veces tengo la sensación de que todo esto me puede. Te lo juro.

Es que tiene el pi declinado, apenas le llega a 3,12… 3,13 y hay que remarla con eso, aunque no te alcance la circunferencia del abrazo. Aunque no te llegue.

No llega y sigo sin sueño. Y me duermo sin darme cuenta cuando me duermo. Y a la mañana, otra vez a tirar de esa página blanca que la va desnudando y me acelera las partí­culas. Estoy más lúcido, un poco más entero y entiendo otras cosas que antes no pude y me gusta ver cómo va destapándose —distraí­da— del lado de la sinusoide y la quiero tocar y responde vuelta de campana que no llega para copérnica y se queda Gauss, respirando borrosa y acompasada.

Pero no puedo ya salirme del desfiladero y empiezo a sentir —imagino— el empuje furioso que hace falta para llegar hasta la cresta y dejarse caer, caer, caer hasta el más hondo de los valles sin fallar una sóla vez con la frecuencia… qué rico está todo, dice el cilindro que piensa en mí­, pero se enreda sin querer en una tangente que nos lleva Bachelard abajo y otra vez con que sólo se aprende contra algo que ya conocemos.

Si sólo pudiera poner las partes en fila y hacer cada vez más partes de las partes, hasta encontrar una sóla lí­nea que esté hecha de todas y envolverme sinusoide con ella, creo que morirí­a de pena y desgarrado de sentido. Bobina electromagnética.

También en las tripas —a pesar de mí— destripo lo que como, para alimentar este cuerpo que siente y me tironea cada dí­a.

noviembre/2015  © Daniel Krichman