Hard & Soft

Fragmento de un libro que nunca escribí.

Hoy resulta relativamente normal escuchar que los productos incrementan su valor por lo de servicios que incluyen. O lo que es lo mismo, que lo intangible, agrega valor a lo tangible.

Un libro o un electrodoméstico puesto en mi casa cuesta más que en la vidriera del negocio —y yo estoy dispuesto a pagarlo— porque de todos modos deberí­a incurrir en un gasto adicional si fuera a comprarlo al punto de venta.

Alguien podría pensar en la posibilidad de obtenerlo de paso, cuando estuviera en la zona y esto pondrí­a entre paréntesis la cuestión del sobreprecio.

Más allá de las consideraciones personales, en perspectiva, suena más atinado tener uno o varios camiones repartiendo productos por la ciudad y no miles de autos abarrotando autopistas, calles, estacionamientos, negocios y supermercados. La lógica del sentido común suele ser invencible, como en este caso.

Lo que realmente plantea de fondo esta cuestión es que el aumento de valor impacta sobre el uso de mi tiempo, que no es un recurso renovable.

Más allá de si se justifica o no el sobreprecio que pago por el plusvalor de un producto puesto en mi casa, la verdadera relación deberí­a hacerse contra la posibilidad del uso productivo de la mayor parte posible de mi tiempo. Si estoy en ese plan, debo ser servido por un otro que abastezca mis necesidades.

Si pago por eso, estaré eximido de involucrarme personalmente en conseguirlo. En realidad, el valor agregado que compro es tiempo y garantía de no desconcentración en mi propia actividad.

Si esto es así­, podemos decir que existe una zona de intercambio, una zona gris, donde lo hard se intersecta con lo soft.

Internet plantea el tema con escandalosa crudeza: El desafío, la verdadera esencia de los negocios, o más precisamente de los enfoques en la i-cultura se debate nada menos que en el ámbito de los modelos.

La venta de productos y servicios en Internet está creando un pozo digital de dinero que va restándole volumen al pozo tradicional, que va achicándolo; y la competencia se reduce solamente al modelo de negocio, porque es a partir de él que pueden ser reformulados los esquemas de costos y beneficios.

Así­ como se produce esta intersección entre uno y otro modelo de comercio, no es menos cierto que sucede lo mismo en términos de nuestro pensamiento en relación con el crecimiento desmesurado de los horizontes asibles.

Internet es hoy el reservorio de información y conocimiento más grande que haya podido imaginar toda mente humana.

En algún sentido podemos pensarlo —sin temor a equivocarnos— como el cerebro colectivo más grande de la historia de la Humanidad.

La educación tradicional nos prepara —supuestamente— para usar nuestro cerebro individual en beneficio de la propia existencia. Mientras muchos de nosotros todaví­a luchamos para sacarle un poco máss de provecho a eso, ¿qué es esto de un cerebro colectivo?

¿Existirá alguna forma en que podamos efectivamente tomar ventaja de él? ¿Y qué significará sacar provecho de un cerebro colectivo?

Otra vez la intersección entre hard y soft, pero más soft esta vez: El mío sé dónde está, aunque no sepa cómo funciona, ¿y el otro?

En apariencia, suena difícil de comprender, pero para tomar ventaja de él, comencemos por admitir que no alcanza solamente con escribir http://www.una-direccion.com en el formulario de un browser.

Casi con seguridad necesitaremos aprender a pensar con otro modelo diferente al que utilizamos tradicionalmente.

© Daniel I. Krichman / Publicado en mayo/2000.

 

 

 

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